GAEL MARCHANT
Escuché la puerta cerrarse.
El clic del cerrojo me retumbó en la cabeza como un golpe.
Adriano se había ido.
Me había dejado comida, orden, silencio.
Y esa maldita sensación de vacío.
Me dejé caer sobre la cama con la bata entreabierta, el cuerpo pesado, el alma hecha trizas.
El alcohol seguía corriendo por mi sangre, lento, espeso.
Solo quería dormir… dormir hasta que el dolor se disolviera en la nada.
Cerré los ojos.
El ruido del agua goteando en el baño me arrullaba.
Por un mom