ENZO
La campanilla sonó y la luz del local acarició las telas quietas. Entré con el miedo de que ella estuviera herida o que algo malo le hubiera pasado. La puerta se cerró y la vi: Alessia, hecha un nudo, los ojos hinchados, la voz rota en sollozos que rasgaban el silencio de la mañana.
—¡Alessia! —Llegué hasta ella en dos zancadas y la abracé como si quisiera esconderla en mi pecho para que nadie fuera capaz de herirla nuevamente— Shh… tranquila, princesa. Ya llegué, no dejaré que nadie vuelt