ALESSANDRO
El día había comenzado con una calma engañosa. Adriano estaba en la sala, sentado en un sillón con Dalia entre sus brazos. Sus manos grandes acariciaban su vientre con ternura, mientras ella sonreía con esa paz que solo él lograba arrancarle.
—Pronto estarán con nosotros… —le decía él, con la voz baja, rozando sus labios contra la frente de su mujer—. Un niño, una niña… y ese tercero que aún se esconde.
Dalia rió suave, con los ojos brillantes.
—Les gusta hacernos esperar, amor, quie