ADRIANO
La puerta se abrió y su voz atravesó el despacho como un susurro que ya conocía, uno que, sin quererlo, me buscaba en un lugar que no podía identificar.
—Señor Blackstone. Estoy acá. Dígame dónde firmo.
Me giré.
Y, por un segundo…
todo el aire de la habitación pareció desaparecer.
Era tan pequeña. Tan humilde.
Tan devastadoramente real.
Vestía una blusa clara, un pantalón sobrio y el cabello recogido de forma descuidada.
Y, aun así… algo en ella hizo que mi corazón se estremeciera sin m