ISANDRO DE LUCCA
Mi oficina olía a licor. No era un olor amable; era un olor cortado por la rabia. Tenía la botella fría en la mano y la mirada encendida. Estaba furioso. Todo lo que había planeado debía estallar como él lo merecía. Mandé a la elite de los mercenarios a acabar con esa casa. Lo dije claro en mi cabeza: era fácil. Secuestrar los bebés, matar a quien se interpusiera. Eso quería. Que les doliera donde más les dolía.
No estaba Enzo. No estaba Adriano. Tampoco Alessandro. Solo Valeri