Mi adorada esposa.
ADRIANO
Apenas entré en la suite, cerré la puerta detrás de mí con la calma de quien sabe exactamente lo que hará después. El aire olía a perfume suave. Me quité la corbata despacio y abrí mi camisa, como quien prepara un ritual, y la dejé en mi bolsillo para usarla mas tarde. La mirada de Dalia me recorrió, divertida y un poco desafiante.
—Así que a mi esposa le gusta ver hombres desnudos —dije, con una sonrisa lenta, acercándome.
—No estaban desnudos, Adriano, estaban en short —respondió ella