ANNALENA
Era más de media noche y Armando estaba sobre mí. Sus caderas golpeaban con fuerza las mías, sus manos sujetaban las mías sobre mi cabeza. No habíamos parado desde que llegamos, y la verdad, esto más que un castigo era un premio. Verlo así, furioso, dominante, incansable, me hacía querer más y más.
Lo único malo era que no me dejaba tocarlo; solo él. Sus manos jamás dejaron de sujetarme con fuerza. Una vez más llegamos juntos a nuestro placer. Él jadeaba y, por primera vez, soltó mis m