La despedida.
DALIA
El viento soplaba frío ese día.
El cielo estaba gris, cubierto por nubes que parecían reflejar mi propio luto.
Las dalias blancas que llevaba en las manos se deshojaban con cada paso que daba, como si también se deshicieran en duelo.
Pero yo no lloraba. Ya no. Sentía que mi cuerpo no tenía más lágrimas que ofrecer, solo un vacío doloroso que me quemaba el pecho.
Sostenía la urna contra el pecho como si fuera un bebé dormido.
Temblaba. No por el frío. Sino por el dolor. Ese que se esconde