VALERIO VISCONTI
El olor a pólvora y sangre aún impregnaba el aire cuando crucé los portones destrozados de la mansión. El silencio era peor que cualquier balacera: ni un gemido, ni un disparo lejano, ni un cuerpo respirando. Solo la quietud de la muerte.
Mis botas se hundieron en charcos de sangre fresca. Mis hombres recorrían el lugar con linternas, abriendo puertas, volteando cadáveres. Yo avanzaba como un animal herido, la mandíbula apretada hasta dolerme.
—¡Sonia! —rugí, mi voz rompiendo e