ADRIANO
El aeropuerto olía a queroseno y despedidas. No era la primera vez que dejaba atrás un campo de batalla, pero esta vez el aire tenía un sabor distinto: el de una victoria que sabía a justicia, y al mismo tiempo, el de la nostalgia de volver al único lugar donde mi corazón encontraba paz: los brazos de Dalia.
Gael caminaba a mi lado, con las manos en los bolsillos, ese aire de despreocupación que siempre escondía una mente calculadora. Sus ojos, sin embargo, delataban el mismo cansancio