ADRIANO
El silencio de la casa me envolvió apenas crucé la puerta. Me quité la chaqueta y la dejé sobre el perchero, todavía sintiendo el eco de la noche en mis manos. Metí las manos en los bolsillos y avancé despacio por el pasillo hasta llegar a nuestra habitación.
Entré y me apoyé en la pared mirándola.
Ahí estaba ella.
Dalia, recostada sobre la cama, con las piernas cruzadas y un libro abierto entre las manos. Los rizos caían sueltos sobre su hombro, iluminados por la luz cálida de la lámpa