ADRIANO
Esa mañana no fui a la oficina. No me importaban los pendientes ni las reuniones; Gael podía encargarse. Yo sabía que Armando volvería, y no iba a dejar a mi mujer sola con él.
El recuerdo de ayer todavía me revolvía las tripas: Dalia sonriente, escuchando cada idea de ese maldito banquetero alto, elegante y con modales de príncipe. Sí, había jurado que confiaba en mi flor, pero una cosa era confiar… y otra muy distinta era regalarle tiempo a otro hombre para que estuviera demasiado cer