De la mano del amor de mi vida.
DALIA
El sol de la tarde entraba filtrado por las cortinas del ventanal.
El aire olía a jazmín y a tierra húmeda; el jardín estaba lleno de vida, y los trillizos dormían plácidos en su cochecito triples, envueltos entre mantas blancas y suaves.
Adriano había insistido en sacarme un rato afuera.
—Cinco minutos —le dije, medio en broma, medio cansada.
—Diez —respondió él con una sonrisa—, y te doy los medicamentos después.
No supe en qué momento terminé cediendo.
El aire fresco rozó mi piel, y al