LO AMO, DIOS, COMO LO AMO.
DALIA
El consultorio olía a vainilla y café recién hecho.
Había algo reconfortante en ese aroma, como si el lugar mismo supiera que quienes llegaban allí necesitaban un poco de calma.
Adriano estaba sentado a mi lado, su mano envolviendo la mía con fuerza.
No decía nada, pero su pulgar se movía despacio sobre mi piel, en círculos pequeños. Ese gesto suyo era su manera de decir “estoy aquí, pase lo que pase”.
La doctora García entró con una sonrisa serena.
Era una mujer de unos cuarenta años, co