DALIA
No sabía cómo respirar.
Las palabras de Adriano aún retumbaban en mi cabeza como un eco imposible de silenciar:
“Entonces cásate conmigo”
Me había abrazado con la fuerza de un hombre que se sabe roto y reconstruido al mismo tiempo. Me había besado con una promesa que traspasaba la piel y se grababa en los huesos.
Y ahora yo estaba aquí, recostada contra su pecho, con las lágrimas corriéndome por el rostro, temblando como una niña, pero con el corazón latiendo con una claridad que no sentí