DALIA
No sabía cómo respirar.
Las palabras de Adriano aún retumbaban en mi cabeza como un eco imposible de silenciar:
“Entonces cásate conmigo”
Me había abrazado con la fuerza de un hombre que se sabe roto y reconstruido al mismo tiempo. Me había besado con una promesa que traspasaba la piel y se grababa en los huesos.
Y ahora yo estaba aquí, recostada contra su pecho, con las lágrimas corriéndome por el rostro, temblando como una niña, pero con el corazón latiendo con una claridad que no sentía desde hacía años.
Sí.
Lo había dicho.
Sí.
Pero mientras me aferraba a él, mi mente me llevaba de regreso al pasado.
Recordé el día que firmé el divorcio.
Recuerdo perfectamente la frialdad de ese despacho. El sonido seco de la pluma sobre el papel. La mirada de Adriano, perdida, distante, sin reconocerme como su esposa, como su amor, como su todo. Y yo, rota, sintiendo que no había más remedio que soltarlo.
Cuando dejé el anillo sobre aquel contrato, lo hice como quien arranca su propio corazó