ADRIANO
El sol entraba perezoso por las cortinas, tibio, dorando los bordes de la habitación.
En el aire flotaba ese olor que había aprendido a amar: leche tibia, pañales, y el perfume suave de Dalia.
Ella estaba sentada en la mecedora, con uno de los bebés en brazos, pero su mirada… no estaba allí.
Sus ojos seguían al vacío, y su sonrisa, esa que siempre me devolvía la vida, parecía haberse escondido en algún rincón de la casa.
—Amor… —susurré, acercándome—. ¿Dormiste algo?
Asintió sin mirarme