ANNALENA
El zumbido del dolor me despertó antes que la luz. Mi brazo seguía inmóvil, envuelto en vendas y moretones.
Intenté moverlo, pero una punzada me cruzó el hombro y me recordó que la bala había hecho más que rozarme: había perforado el chaleco y atravesado la piel antes de incrustarse cerca del hueso.
—Perfecto… —murmuré, incorporándome con la torpeza de quien aprende a usar su cuerpo otra vez.
Fui a la cocina, arrastrando los pies. Preparar café con una sola mano era casi u