Adriano, perdóname.
ADRIANO
El agua fría de la ducha no había conseguido borrar nada. Ni el olor del alcohol, ni el vacío en mi pecho, ni el eco de la puerta cerrándose tras Dalia.
Pasé la mañana encerrado en mi oficina, con los ojos clavados en la ciudad que se extendía tras el ventanal. La gente allá abajo se movía como hormigas, ignorantes, mientras mi vida se desmoronaba pedazo a pedazo.
Un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos.
—Adelante.
Gael entró con un sobre grueso en la mano y un gesto seri