Adriano, perdóname.
ADRIANO
El agua fría de la ducha no había conseguido borrar nada. Ni el olor del alcohol, ni el vacío en mi pecho, ni el eco de la puerta cerrándose tras Dalia.
Pasé la mañana encerrado en mi oficina, con los ojos clavados en la ciudad que se extendía tras el ventanal. La gente allá abajo se movía como hormigas, ignorantes, mientras mi vida se desmoronaba pedazo a pedazo.
Un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos.
—Adelante.
Gael entró con un sobre grueso en la mano y un gesto serio en el rostro.
—Hermano… —dejó el sobre sobre mi escritorio y me miró directo—. Tenemos algo.
Lo abrí en silencio. Fotografías impresas, reportes, capturas de pantalla. Mi mandíbula se tensó al reconocerlas: eran las mismas malditas imágenes que habían aparecido en las noticias. Yo, saliendo del hotel con Mara. Yo, ayudándola a subir al coche. Yo, con una sonrisa que ahora me estaba destrozando la vida.
Pero entre esas fotos había algo más: registros del sistema de seguridad del hotel.
—Fueron