DALIA
La casa de mi padre estaba en silencio, y cada rincón parecía gritarme lo mismo: lo perdiste.
Me senté en el sillón abrazando mis rodillas. Las lágrimas me habían secado la garganta, pero seguían brotando sin descanso. ¿Cómo podía doler tanto amar a alguien? ¿Cómo podía sentirse tan vacío un pecho que había estado lleno de su calor?
Unos golpes suaves en la puerta me sacaron de mi miseria.
Me levanté con desgano y abrí. Allí estaba Enzo, con una bolsa en las manos y esa sonrisa ladeada que siempre me confundía.
—Princesa… —su voz era grave, tranquila—. Te traje un poco de comida y algo dulce para que ahogues tus penas. No puedes pasarte la noche llorando sin comer.
Lo dejé entrar, aunque mi cuerpo aún temblaba. Puso la bolsa en la mesa y me ofreció una cajita con pastelillos.
—Come un poco. Y cálmate, piensa bien las cosas.
Sacudí la cabeza, con el rostro bañado en lágrimas.
—No hay nada que pensar. Lo vi. Vi a Adriano con esa mujer. La acariciaba, Enzo… ¡estaba con ella en un h