DALIA
La casa de mi padre estaba en silencio, y cada rincón parecía gritarme lo mismo: lo perdiste.
Me senté en el sillón abrazando mis rodillas. Las lágrimas me habían secado la garganta, pero seguían brotando sin descanso. ¿Cómo podía doler tanto amar a alguien? ¿Cómo podía sentirse tan vacío un pecho que había estado lleno de su calor?
Unos golpes suaves en la puerta me sacaron de mi miseria.
Me levanté con desgano y abrí. Allí estaba Enzo, con una bolsa en las manos y esa sonrisa ladeada qu