ADRIANO
La noche caía pesada sobre la ciudad. Nadie sabía que, mientras las luces brillaban y la gente dormía, yo estaba a punto de arrancar máscaras y destruir vidas y sacar un poco de la rabia que tenía dentro.
El galpón olía a óxido y humedad. Afuera, la lluvia golpeaba los techos de zinc como un tambor fúnebre. Dentro, el silencio estaba roto por los gemidos apagados de dos hombres maniatados y amordazados en medio del suelo.
Los periodistas.
Los mismos que habían filtrado las imágenes, que habían destrozado a Dalia con sus titulares y su basura sensacionalista.
Gael me esperaba junto a ellos, los ojos serios, el cuerpo firme. Al ver mi sombra cruzar la entrada, se enderezó.
—Hermano… los tenemos.
Asentí sin decir nada. Mis pasos resonaron en el concreto, cada uno más pesado que el anterior. Me detuve frente a los dos miserables. Sus rostros estaban pálidos, sudorosos, intentando entender qué hacían ahí.
Me agaché frente al primero y le arranqué la mordaza de un tirón.
—¿Sabes qui