ADRIANO
La noche caía pesada sobre la ciudad. Nadie sabía que, mientras las luces brillaban y la gente dormía, yo estaba a punto de arrancar máscaras y destruir vidas y sacar un poco de la rabia que tenía dentro.
El galpón olía a óxido y humedad. Afuera, la lluvia golpeaba los techos de zinc como un tambor fúnebre. Dentro, el silencio estaba roto por los gemidos apagados de dos hombres maniatados y amordazados en medio del suelo.
Los periodistas.
Los mismos que habían filtrado las imágenes, que