DANTE
El frío de la noche me muerde la piel, pero no apaga el calor que me quema por dentro. Estoy escondido tras una esquina, a unos metros de La Brasa Oculta, el bullicio del restaurante colándose por las ventanas abiertas: risas, vasos chocando, camareros gritando órdenes, clientes pidiendo más vino.
Daniele me llamó hace una hora, su voz cortante como un filo:
“—Serena Castelli estará ahí a las siete. No la cagues.” No pregunté cómo lo consiguió. Solo sentí un nudo en el estómago, una ansie