DANTE
El frío de la noche me muerde la piel, pero no apaga el calor que me quema por dentro. Estoy escondido tras una esquina, a unos metros de La Brasa Oculta, el bullicio del restaurante colándose por las ventanas abiertas: risas, vasos chocando, camareros gritando órdenes, clientes pidiendo más vino.
Daniele me llamó hace una hora, su voz cortante como un filo:
“—Serena Castelli estará ahí a las siete. No la cagues.” No pregunté cómo lo consiguió. Solo sentí un nudo en el estómago, una ansiedad que me clava como un puñal.
¿Quién es esta mujer? ¿Cómo terminé siendo su amante, joder? ¿Y por qué no me buscó cuando desperté sin un solo recuerdo de ella? Esa parte me molesta mucho… ¿deja, así como si nada, a su amante o antes de perder la memoria ya no teníamos nada? Quizás es lo que debo descubrir esta noche, pero me molesta tener que preguntar, porque no sé si lo que ella dirá será verdad.
La rabia me pica, pero el deseo es un incendio que no controlo, una necesidad que me hace apreta