SERENA
Son las seis de la tarde, y estoy sentada en el borde de mi cama, los ojos aguados, la tarjeta de La Brasa Oculta quemándome desde la mesa de noche. Estoy lista, el vestido negro ajustado, el pelo suelto, los tacones esperando junto a la puerta, pero mi cuerpo no se mueve. No sé si voy a ir, no sé si puedo enfrentar a Dante, no después de todo. Verlo de nuevo… se supone que lo dejaría atrás, que lo enterraría junto con los pedazos de mi vida que Damiano destrozó. Pero aquí estoy, atrapada en este limbo, mi corazón latiendo tan fuerte que duele.
La idea de Dante me deshace. Esos ojos que una vez me miraron como si fuera lo único real en el mundo, esa voz que susurraba mi nombre en la oscuridad de la bodega. ¿Y si no me reconoce? ¿Y si me mira y no siente nada? Peor aún, ¿y si me mira y algo en él despierta? No estoy lista para eso, no con el divorcio colgando sobre mí como una guillotina, no con mi padre amenazando con desheredarme, no con la madre de Damiano escupiéndome su ven