SERENA
El restaurante está lleno, un murmullo de cubiertos y conversaciones que me envuelve mientras corto un pedazo de risotto, el sabor a trufa apenas registrándose en mi lengua.
Estoy sola, en una mesa junto a la ventana, tratando de encontrar un maldito respiro en Milán, lejos de las garras de mi padre, de las advertencias de Gabriele, de los recuerdos de Damiano que me persiguen como una sombra como si tuviera el poder de forzarme a continuar con ese matrimonio, eso no va a pasar.
Pero la paz es un lujo que no me pertenece. Una figura se detiene frente a mi mesa, y levanto la vista para encontrar a la madre de Damiano, su pelo gris impecable, su mirada dura como el diamante en su dedo. Mi estómago se retuerce, mi tenedor congelado a medio camino.
—¿Serena? Cariño, que bueno encontrarte—dice, su voz melosa pero afilada, como un cuchillo envuelto en terciopelo—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
No espera mi respuesta, se sienta frente a mí, sus manos cruzadas como si estuviera en