SERENA
El restaurante está lleno, un murmullo de cubiertos y conversaciones que me envuelve mientras corto un pedazo de risotto, el sabor a trufa apenas registrándose en mi lengua.
Estoy sola, en una mesa junto a la ventana, tratando de encontrar un maldito respiro en Milán, lejos de las garras de mi padre, de las advertencias de Gabriele, de los recuerdos de Damiano que me persiguen como una sombra como si tuviera el poder de forzarme a continuar con ese matrimonio, eso no va a pasar.
Pero la