DAMIANO
Serena está aquí, al fin, sentada en el sofá de esta maldita habitación de hotel que huele a mi desesperación.
Sus ojos están fijos en el suelo, como si mirar la alfombra pudiera salvarla de esta charla. Me siento frente a ella, mis rodillas casi tocando las suyas, y tomo su mano, sus dedos fríos entre los míos. Quiero que me mire, que vea lo que esto me cuesta, pero ella sigue esquivándome, su respiración temblando.
—Odio esto, Damiano —dice por fin, su voz baja, quebrada—. Odio sentir