Damiano
No puedo quedarme quieto. Mis pasos resuenan en la habitación del hotel, un vaivén frenético que no calma el nudo en mi pecho.
La puerta sigue cerrada, burlándose de mí mientras espero a Serena.
Le dejé la tarjeta, mi súplica escrita en tinta, y ahora cada segundo que pasa sin que toque esa puerta me hunde más. Me arrodillé ante ella hoy, ¡me arrodillé! Yo, Damiano Moretti, que nunca he bajado la cabeza por nadie, me humillé rogándole que no me dejara. Y aun así, no sé si vendrá, si esa