SERENA
La certeza no siempre es una salvación
No tuve que pensarlo. No fue una decisión meditada ni me pasé la noche dando vueltas en la cama, analizando posibilidades como quien evalúa un contrato. Lo supe desde que cerré la puerta del hotel. Desde que dejé atrás sus ojos suplicantes, sus manos temblorosas y esa promesa vacía que repitió como un disco rayado: “Puedo hacerte feliz, si me dejas intentarlo.”
No, Damiano. No puedes. Porque no me conoces. Porque nunca me conociste. Porque solo quieres poseerme, sentir que soy tuya, no ser parte de mí.
Pero no es solo por las cosas erróneas que aplicas para quererme, sino porque yo no te quiero. Y esa es la razón de más peso en todo esto.
Y, siendo justa, nunca tuviste la posibilidad. Lo que inició como algo impuesto, no terminará como un gran romance, al menos no en mi historia.
Dormí poco, pero no fue por la indecisión. Fue por el recuerdo de todo lo que callé durante meses. Por la rabia sorda que me dejó el haber aceptado una boda que n