SERENA
La certeza no siempre es una salvación
No tuve que pensarlo. No fue una decisión meditada ni me pasé la noche dando vueltas en la cama, analizando posibilidades como quien evalúa un contrato. Lo supe desde que cerré la puerta del hotel. Desde que dejé atrás sus ojos suplicantes, sus manos temblorosas y esa promesa vacía que repitió como un disco rayado: “Puedo hacerte feliz, si me dejas intentarlo.”
No, Damiano. No puedes. Porque no me conoces. Porque nunca me conociste. Porque solo quie