DANTE
Son las nueve y media, y el restaurante ya está vacío. He echado a los últimos clientes con una excusa barata sobre un cierre temprano, apagado las luces del salón principal y dejado que la penumbra se trague el lugar.
Mi pulso late rápido, casi salvaje, porque sé que ella viene. Serena. Mi Serena. La mujer que me enciende como un maldito incendio, la que lleva un anillo que no es mío pero que se entrega a mí como si el mundo pudiera partirse en dos y no le importara.
La cité a las diez, y cada minuto que pasa siento mi sangre arder más.
He preparado todo con un cuidado que rayaría en lo obsesivo si no estuviera tan jodidamente excitado. En la entrada trasera, un camino de pétalos de rosa rojos, oscuros como el vino que guardo abajo, serpentea hasta la escalera de la bodega. En mi bolsillo, una carta escrita a mano: “Menú: Serena”. Es mi juego, mi promesa. Esta noche, ella será mi platillo, mi delirio, mi todo.
Bajo a la bodega y reviso el escenario: una cama improvisada con sáb