DANTE
Son las nueve y media, y el restaurante ya está vacío. He echado a los últimos clientes con una excusa barata sobre un cierre temprano, apagado las luces del salón principal y dejado que la penumbra se trague el lugar.
Mi pulso late rápido, casi salvaje, porque sé que ella viene. Serena. Mi Serena. La mujer que me enciende como un maldito incendio, la que lleva un anillo que no es mío pero que se entrega a mí como si el mundo pudiera partirse en dos y no le importara.
La cité a las diez,