SERENA
Me quedo con la boca abierta, el aire atrapado en mi garganta como si alguien me hubiera robado el aliento. Dante me besó. No fue un roce tímido ni un accidente; fue un beso que me arrancó el suelo bajo los pies, y luego me arrastró del mercado como si fuera un trofeo que no iba a soltar.
Ahora estoy aquí, en coche, con el sonido de su pregunta resonándome en la cabeza: “¿Quieres que sea tu amante?”. Tengo el sabor de sus labios todavía en la boca, cálido, urgente, y mi mente se enreda entre dos cosas: ese beso que me dejó temblando y la pregunta que me empuja a un borde del que no sé si quiero caer.
Sus manos me sujetan el rostro, sus dedos firmes clavándose en mi piel, y lo miro. Sus ojos verdes están oscuros, brillando con una intensidad que me atraviesa, y mis labios tiemblan, ansiosos por volver a él. No puedo evitarlo. Me acerco otra vez, lenta, mi respiración entrecortada mientras mis manos encuentran su camiseta verde, aferrándose a la tela como si fuera lo único que me