SERENA
Llegamos a su casa casi sin aliento, como si el trayecto desde el coche hubiera sido una carrera silenciosa donde necesitábamos llegar a su casa lo antes posible. Dante cerró la puerta tras de nosotros con un golpe suave, y el sonido reverberó en el aire, marcando el inicio de algo inevitable.
Me giré hacia él, con una sonrisa tímida, y murmuré:
—También quiero un café, ¿sabes?
No era una persona tímida, en ningún aspecto de mi puta vida, pero admito que… esta nueva perspectiva de Dante