DAMIANO
Siempre supe que las cosas terminarían de esta manera.
No porque creyera en el destino ni en ese tipo de estupideces. Nada en mi vida había sido producto de la suerte o del azar. Todo lo que tenía lo había conseguido con estrategia, con paciencia y, sobre todo, con la certeza de que, tarde o temprano, las oportunidades caían en las manos de aquellos lo suficientemente inteligentes como para saber esperar.
Con Serena Castelli no fue diferente.
La primera vez que la vi, hace años, entendí que era diferente. En nuestro mundo, las mujeres estaban entrenadas para ser perfectas. Aprendían a comportarse como damas, a sonreír con la cantidad exacta de interés, a medir sus palabras, a nunca opinar demasiado fuerte. Pero ella no. Serena no fingía interés, no endulzaba sus palabras ni intentaba agradar a nadie. No porque fuera ingenua o porque no entendiera el juego. Todo lo contrario. Serena Castelli sabía perfectamente cómo manipular el tablero a su favor y lo hacía sin esfuerzo.
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