SERENA
Desperté en la cama de Damiano, el calor de su cuerpo todavía pegado a mi piel como una marca que no podía lavar. La sábana se enredaba en mis piernas, el aire de la suite cargado con el olor de su colonia y mi propio cansancio.
Abrí los ojos, el techo blanco mirándome como un recordatorio de esta maldita jaula, y sentí el peso más fuerte que nunca. No era solo el anillo en mi dedo, ni el año que aún me quedaba con él. Era él. Damiano. Su presencia, su manera de tomarme anoche contra la