Trish
El restaurante que Nigel eligió era un buen lugar. No había mucha gente y parecía tranquilo. Era un lugar perfecto para una reunión entre hermanos, si es que aún podíamos llamarnos así.
Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, el ambiente estaba cargado de un silencio tenso. Nigel jugaba con el borde de su vaso de agua mientras yo fingía leer el menú. No había necesidad de leerlo. No tenía hambre.
—Así que, después de meses sin contestarme, ¿ahora sí tienes tiempo para mí? —pregunté con un tono más ácido de lo que pretendía.
Nigel dejó el vaso en la mesa y me miró con una media sonrisa que no llegó a sus ojos.
—No es eso, Trish.
—¿Entonces qué es? Porque llamé, envié mensajes, incluso intenté contactar con gente en tu oficina, y nunca recibí una maldita respuesta.
Suspiró, pasando una mano por su cabello más largo de lo que recordaba.
—Sabía que si te respondía, no me bastaría solo con hablar contigo —admitió, bajando la mirada—. Sabía que al escuchar tu voz, al saber que es