Trish
El vuelo de regreso a Milán se sintió más corto de lo que esperaba. Quizás porque mi mente estaba demasiado ocupada procesando todo lo que había ocurrido en Nueva York, cada palabra que había intercambiado con Nigel, cada confesión que me había dejado el corazón pesado. Habíamos cerrado una herida, pero las cicatrices seguían ahí.
Me incliné en el asiento y miré por la ventanilla. Volvía a casa. A mi vida, a la ciudad donde me sentía yo misma, a los brazos de un hombre que me había esperado con más paciencia de la que jamás hubiera creído posible.
El avión aterrizó y, tras los trámites de inmigración y recoger mi maleta, me dirigí a la salida. Esperaba encontrarme con Nico de la forma en la que siempre lo hacía, con su sonrisa arrogante y su mirada intensa. Lo que no esperaba era lo que me recibió.
Justo en el área de llegadas, en medio de la multitud, había un enorme cartel con letras rojas brillantes que decía:
"ESTOY ESPERANDO A LA MUJER MÁS HERMOSA DEL MUNDO. ¡Y ES MI NOVIA!