El Silencio de Margaret Vance.
La primera vez que fui a verla después de que la trasladaran a arresto domiciliario, me sorprendió el silencio. No el silencio físico, aunque la casa estaba más callada de lo que jamás la había escuchado, sino el otro, el estructural.
Durante años, la residencia de Margaret había sido un centro de flujo constante: asistentes entrando y saliendo, llamadas encriptadas, pantallas encendidas con gráficos y reportes, conversaciones en voz baja que decidían el rumbo de instituciones enteras.
Ahora no