El Adiós.
Nunca hubo una despedida formal entre Dorian y yo, no una que pudiera señalar como el momento exacto en el que algo terminó. No hubo palabras definitivas, ni promesas rotas, ni escenas que justificaran un cierre claro.
Lo que hubo fue algo más sutil, más elegante: una retirada.
Al principio no lo noté, o quizás sí, pero elegí no ponerle nombre. Dorian seguía apareciendo en los mismos espacios, con la misma presencia impecable, con esa manera tan suya de ocupar una habitación sin necesidad de im