La noche antes de la boda no tiene la solemnidad que imaginé cuando era más joven.
No hay música suave ni un silencio romántico que lo envuelva todo. Hay cajas abiertas en el suelo, telas dobladas sobre la silla, el reflejo tenue de la ciudad entrando por las ventanas altas del departamento, y esa sensación difícil de nombrar que aparece cuando sabes que algo está a punto de cambiar para siempre, aunque aún no sabes cómo.
Estoy sentada en el borde de la cama cuando Dorian entra con dos tazas de