La Declaración de Margaret.
El silencio llegó primero como una pausa incómoda, una grieta breve entre las respiraciones contenidas de todos los que seguían sentados en los bancos de la iglesia, sin saber si eran testigos de una ceremonia o de una caída pública que nadie había previsto.
Yo sentía la mano de Nora firme en mi espalda, un ancla silenciosa que me impedía retroceder aunque cada músculo de mi cuerpo quisiera huir del altar.
Margaret no habló de inmediato.
Observó.
Siempre observaba primero.
Su mirada pasó de Cae