La Llegada.
Me quedo al costado de la puerta lateral de la iglesia, donde la madera vieja cruje apenas cada vez que alguien pasa cerca.
No he entrado todavía, no del todo, solo asomo el cuerpo lo suficiente como para ver sin ser vista, como si este borde entre adentro y afuera fuera el único lugar donde todavía puedo respirar sin sentir que todo pesa demasiado.
El murmullo dentro es bajo, elegante, casi reverente. Las velas encendidas dibujan sombras largas sobre las paredes altas, y el olor a incienso se