La rabia aún hervía en mis venas, un veneno caliente que me nublaba la razón y me tensaba cada músculo. Caminaba por los pasillos altos y fríos de la fortaleza, sin un destino claro, solo con la necesidad de moverme, de escapar del fantasma de sus ojos furiosos y de la verdad glacial que ahora habitaba en mi pecho. Cada paso resonaba en la piedra, un eco de mi propia confusión y furia. Mentirle. Usarla. Seducirla. Las palabras giraban en mi cabeza como cuchillas.
Fue entonces cuando, al girar