Una amenaza con nombre y rostro
Narrado por Massimo
Eran las ocho en punto cuando el silencio, ese silencio antinatural, se clavó en mi pecho como una estaca helada. La casa estaba demasiado en silencio. No era el silencio habitual de una mañana de domingo perezosa; era un vacío, una ausencia que gritaba.
Liana no bajó a preparar el desayuno de Oliv, como solía hacer con esa rutina casi ceremonial que me irritaba y a la vez me tranquilizaba. No se escuchaban los estridentes dibujos animados que