Entré a mi habitación, los músculos tensos, cada fibra de mi ser gritando por dentro, pero mi rostro y mis movimientos fingían una calma que no tenía. Caminé despacio, con movimientos precisos, casi calculados, como una actriz en su escenario personal, intentando convencer a una audiencia invisible de que nada en mí se estaba desmoronando, que la tierra bajo mis pies no se abría en un abismo silencioso. Cerré la puerta sin apuro, el clic suave resonando como un eco en el silencio abrumador de l