Danna me dejó frente a la casa sin preguntar nada. No hubo una despedida, ni un atisbo de preocupación en sus ojos, solo una eficiencia fría y distante. Era como si supiera, con una certeza casi cruel, que cualquier palabra de su parte, incluso el más trivial "adiós", rompería el último hilo de resistencia que aún colgaba precariamente dentro de mí. El motor de su coche se apagó con un suspiro casi inaudible, el silencio se tragó el último eco, y su silueta se disolvió en la penumbra de la noch