Eric entró a la oficina de Elara y la puerta se cerró tras ellos, dejando fuera el murmullo de los empleados. La oficina, con sus paredes de cristal y diseños de moda esparcido. Elara le ofreció una silla, pero él prefirió quedarse de pie, su mirada recorriendo los bocetos de las prendas que adornaban las paredes.
—Elara, el lugar es impresionante —comenzó Eric, con un tono que no era de simple cortesía, sino de genuina admiración—. Tienen un gusto exquisito.
—Gracias, Eric. Nos esforzamos por