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Las manos de Eric temblaban mientras sostenía las fotos, pero no de rabia, sino de una extraña quietud. En ellas, Aitana sonreía, una sonrisa que ahora le parecía tan ajena como la de una extraña.

La pantalla que había sido su relación se caía a pedazos, no por el dolor de la pérdida, sino por la revelación de la nada. El vacío que antaño había sentido no era por su ausencia, sino por la falta de algo real que perder. Pero hoy, ese vacío no existía. No había dolor, no había lágrimas. Solo la i
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