El luto era un manto pesado que Vivian no lograba sacudirse. Perder a un hijo, pensaba, era un dolor grotesco, demasiado difícil de asimilar. Se sentía perdida, como si su vida ya no tuviera sentido sin Aitana. Entrar a la habitación de su hija fallecida era una labor titánica, un esfuerzo sobrehumano para lidiar con el hecho de que su cama estaría vacía, que ella no volvería a estar allí para recibirla.
Mientras sus ojos recorrían los objetos de Aitana, ese nudo familiar volvía a formarse en