Esa mañana, Bianca fue al trabajo como de costumbre, sin imaginar que, antes de poner un pie en la compañía, se encontraría frente a ella la figura de una mujer que había cambiado tanto que apenas parecía la misma. Se veía delgada y llena de ojeras, con una mirada extraña. Bianca pudo darse cuenta de que los ojos azules de esa mujer habían perdido hasta el brillo; se habían oscurecido. Era Tatiana.
—No sé si debería presentarme ante ti o si ya no hace falta hacerlo —comenzó Tatiana, con una mirada altanera.
Bianca la miró sin poder creer que ella estuviera allí. No daba crédito. No entendía la razón por la que había ido hasta su lugar de trabajo. Le dio escalofríos la idea de que la hubiera seguido hasta ahí.
—No sé si debería responder a esa pregunta —emitió Bianca, con voz cautelosa—. Y no entiendo por qué estás aquí hablándome.
—Quiero que encontremos un lugar más discreto y dejes de hacerte la tonta —espetó Tatiana—. Sabes perfectamente a lo que me refiero.
Sin saber por qué