Vivian caminaba de un lado al otro en la habitación, sus pasos resonando en el silencio tenso. Su marido, Bruno, era consciente de lo preocupada que estaba su esposa después de todo lo que había acontecido. Se acercó a Vivian y trató de calmarla, de serenar esa mirada verde tan intensa que tenía.
La mujer, con los ojos llenos de ira y tristeza, miró a los ojos miel de Bruno.
—¡Ni siquiera me digas que me calme porque no puedo hacerlo! —exclamó, su voz apenas contenida—. No sabes lo decepcionada