— ¡Elián!
Ania corrió hacia la camilla en la que descansaba su hijo, medio somnoliento, con una intravenosa conectada en la pequeña vena de la mano.
Ella lo tocó, lo revisó, lo besó, tomó la manito libre de su pequeño hijo, al tiempo que, con los ojos apenas entreabiertos, el niño sonrió cuando vio a su madre y al instante, volvió a caer dormido.
— ¿Cómo está? ¿Está bien? — Preguntó Ania a Ezequiel, quien estaba a un lado, acompañando al niño.
— Ya le bajó un poco la fiebre, pero aun el d