Vanessa
No se me pasó desapercibido observar a Daniel en una esquina. ¿Había venido solo a jugar, nada más? No lo creo. Sin embargo, le comenté a Dorian que no era necesario cerrarle la puerta; al final, este era un club abierto al público. Pero, de mi parte, estaba decidido: no volvería a trabajar aquí. Por imbécil, por su estupidez, según él, me abrío la puerta hacia el infierno, pero yo se que con Dorian, nada era un infierno: era un paraíso.
Lo vi caminar en mi dirección. Por suerte, no est