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POV Sofia
Cuarenta días después de dar el “sí, quiero”
¿La frase “Hasta que la muerte nos separe” quiere decir que puedo asesinar a mi marido?
He hecho esta pregunta en G****e un montón de veces desde que “me casé” con ese cabrón sexy que acapara casi todas las vallas publicitarias de Barcelona, y la respuesta siempre es la misma: “No, no significa eso”, y “Prepárate para pasarte el resto de la vida en la cárcel”.
Hasta he intentado continuar el hilo: “¿Y si estoy casada con Alejandro Ruiz?”. Sin embargo, los resultados son incluso peores, los únicos enlaces que aparecen pertenecen a páginas de clubs de fans y estas están llenas de historias de mujeres que han intentado hacerle llegar sus bragas por correo o de foros en donde desean que alguien me asesine a mí, para así poder quedarse con mi puesto.
En serio, ya no puedo aguantar más esta farsa, y tengo semanas planeando mi gran fuga. Es ahora o nunca.
—¡Señora! ¡Señora! —me grita una empleada— ¡Vuelva aquí ahora mismo!
Agarré el asa de mi maleta y corrí por el pasillo lo más rápido que pude.
—¡Señora, por favor! —vuelve a llamarme— ¡A su marido no le va a parecer divertido! Ah, claro que no —Venga, venga, venga.
Oprimí el botón para llamar al ascensor.
—De prisa —dije, como si pudiera apurarlo.
Los números que había encima del marco se iluminaron conforme el ascensor iba subiendo, y yo contuve el aliento al ver que se acercaba.
Cuando al fin se abrieron las puertas, entré rápido y oprimí el botón de la planta baja, mientras descendía, miré mi reflejo en el espejo, llevaba un vestido azul que me quedaba perfecto, tacones altos que hacían que me dolieran los pies, y un collar de perlas que Alejandro me regaló en nuestra “boda”.
Todo era falso, así como nuestra relación salí del ascensor y corrí hacia la salida del hotel, paré un taxi y me metí dentro.
—Al aeropuerto, por favor —dije jadeando.
El taxista me miró por el retrovisor, pero arrancó sin preguntar, mientras nos alejamos, miré por la ventana y vi el hotel alejarse. Por fin libre, o eso creí, mi teléfono vibró en el bolso, lo saqué y vi el nombre de Alejandro en la pantalla, contesté.
—¿Dónde coño estás? —gruñó al otro lado.
—Lejos de ti —respondí— se acabó la farsa.
—No puedes irte, tenemos un contrato.
—Que se joda el contrato, y que te jodan a ti.
Colgué y apagué el teléfono, pero sé que no va a ser tan fácil. Alejandro siempre consigue lo que quiere.
Mientras el taxi avanzaba, cerré los ojos, me invadieron los recuerdos, mi mente me llevó hasta el inicio de todo el caos.
Hasta el día que cumplí dieciocho y mi madrastra, Valentina, me sentó en el comedor y me puso unos papeles delante.
—Firma aquí, es lo de la herencia de tu madre —me dijo con una voz tan dulce como la miel, mientras empujaba los documentos hacia mí y se sentaba enfrente.
Yo la miré, confundida, pero confiada. ¿Por qué no iba a confiar? Valentina había entrado en nuestra vida cuando yo tenía diez años, después de que mi madre muriera en ese accidente de coche.
Había sido la que cocinaba, limpiaba y fingía ser la madre perfecta, mi padre siempre decía que era una bendición, así que tomé el bolígrafo y firmé en la línea punteada, sin leer una sola palabra. Terrible error de principiante. ¿Quién lee contratos en su propio cumpleaños? Estaba más preocupada por el pastel que había en la nevera y la fiesta que había planeado con mis amigos esa noche.
—Gracias, Sofía —dijo Valentina, recogiendo los papeles con una sonrisa que ahora veo que era la de una hiena— esto es solo un trámite, tu madre habría querido que todo estuviera en orden.
Asentí, tonta de mí, y me fui a mi habitación a prepararme para la salida, ese día cumplía la mayoría de edad, me sentiría libre al fin. Pensaba en lo que vendría: universidad, un trabajo decente, quizás mudarme con mi novio, Pablo, todo parecía perfecto.
Pero dos semanas después, todo se fue al carajo, estaba en la biblioteca pública, investigando para un trabajo del instituto, cuando recibí una llamada de un abogado que no conocía.
—Señorita Sofía, soy el abogado Ramírez, represento los intereses de su familia en asuntos legales. Hay un problema con la herencia de su madre.
—¿Problema? —pregunté— ¿Qué problema? Mi madrastra me hizo firmar unos papeles hace poco.
El abogado se quedó en silencio.
—Precisamente de eso se trata, esos documentos no son legítimos. Su madrastra ha transferido todo a su nombre y al de su hija Candela, la casa, los ahorros, incluso la pensión que le correspondía a usted. Lo siento, pero usted no figura en nada.
Me quedé helada, ¿Falsificado? ¿Todo? Colgué y corrí a casa, el viaje en el metro se me hizo eterno. Entré hecha una furia, tirando la mochila al suelo. Valentina estaba en la cocina, preparando la cena, y mi padre leía el periódico en el salón.
—¿Qué coño has hecho? —grité, entrando en la cocina. Valentina volteó, fingiendo sorpresa.
—¿De qué hablas, Sofía? Baja la voz.
—¡La herencia! ¡Has falsificado todo! ¡El abogado me lo dijo! ¿Cómo pudiste?
Valentina se cruzó de brazos, su expresión pasó de sorpresa a una total frialdad.
—Ese abogado no sabe de qué habla, yo solo organicé el papeleo para que todo quedara en la familia. Tu madre habría querido que Candela y yo estuviéramos seguras, tú eres joven, puedes hacer tu vida.
—¿Mi vida? ¡Es mi herencia! ¡De mi madre! —Las lágrimas me traicionaron, corrí a la sala donde estaba mi padre, él se me quedó mirando..
—Papá, ¿sabías esto? Valentina falsificó los documentos. ¡Me dejó sin nada!
Él se encogió de hombros, como si solo le estuviera contando que llovía fuera.
—Valentina se encargó del papeleo —fue lo único que dijo, volviendo su vista al periódico.
Me quedé boquiabierta. ¿Eso era todo? ¿No iba a defenderme, a darme una explicación? Salí dando un portazo, caminé por las calles sin rumbo, esa noche dormí en casa de una amiga, pero al día siguiente volví, pensando que podía arreglarlo, gran error.
Las cosas empeoraron, Pablo, mi novio empezó a actuar raro, me evadía, dando excusas para no vernos. Pensé que era por el estrés de los exámenes, pero el viernes lo descubrí todo, llegué a casa temprano y subí a mi habitación, antes de llegar escuché risas de Candela. Abrí la puerta y allí estaban, Pablo encima de ella, en mi propia cama, los dos desnudos y sudados.
Candela me vio primero, se cubrió con la sábana, riendo como si fuera una broma.
—Vaya, hermanita, llegas pronto. ¿No te enseñaron a llamar?
Pablo volteó, su rostro se tornó pálido, pero ni siquiera fue capaz de sostenerme la mirada, bajó la cabeza y murmuró algo inaudible.
—¿Qué demonios es esto? —grité, sintiendo que el mundo se me caía encima— ¡Pablo!
Él se levantó, poniéndose los pantalones.
—Sofía, lo siento... Candela y yo... solo ha pasado.
—¿Solo ha pasado? ¿Cuánto tiempo llevan? —pregunté, temblando.
Candela se levantó, aún riendo.
—Un par de semanas, él me prefiere a mí, ¿sabes? Soy más divertida, menos dramática, tú le aburres.
—Eres una puta traidora —le grité, caminando hacia ella, Pablo se interpuso.
—No la toques, Sofía, se acabó.
Salí de allí llorando, esa noche la pasé en un parque, sentada en un banco, preguntándome cómo mi vida se había convertido en esto,, la herencia de mi madre, mi hermana, mi novio, todo lo había perdido en una semana, aunque al día siguiente tuve que tragarme mi orgullo y volver a casa.
Poco después, mi padre desapareció, volví a casa después de un día buscando trabajo y encontré la nota encima de la mesa de la cocina: “No puedo más con las deudas, lo siento.” Y se largó, así, sin más, dejó la hipoteca pendiente, préstamos bancarios que no sabíamos que existían, tarjetas de crédito al límite, Valentina entró en pánico.
—¿Dónde se ha ido ese inútil? ¡Nos ha dejado en la ruina! —Gritó hecha una furia.
Candela y yo nos miramos, por primera vez unidas en algo, pero eso duró muy poco, al día siguiente, Valentina me llamó.
—Sofía, siéntate, tenemos que hablar.
Me senté, ella me miraba a los ojos.
—Tu padre nos ha dejado con todo esto, la hipoteca de la casa, las deudas, no podemos mantenerte. Eres mayor de edad, es hora de que te busques la vida, vete.







